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Los amigos racistas (y machistas, y clasistas)

En una entrevista para el Hollywood Reporter el actor Daniel Radcliffe admitió que tiene amigos racistas: “conozco personas muy racistas, amigos con quienes estoy en vehemente desacuerdo. No son supremacistas blancos, no serían tan extremos, pero están en contra de la inmigración y definitivamente votaron por el Brexit. Sigo siendo su amigo porque no creo que la amistad tenga que ver con estas cosas.” La columnista Zeba Blay, en el Huffington Post, tiene una crítica a estas declaraciones: le pregunta a Radcliffe si la amistad no tendría que ocuparse de estos temas. “Solo alguien que nunca ha sido víctima de discriminación por raza podría ver el racismo de forma tan abstracta. Decir que el racismo es una forma de ver el mundo lo hace parecer un sistema de creencias que no tiene implicaciones reales en las personas de color” dice Blay. Señala que muchos aliados de #BlackLivesMatter tienen amigos que publican contenido racista en su Facebook, pero los ignoran porque sienten que basta con no compartir sus creencias para dormir con la conciencia tranquila.

Matrimonio

Columna publicada el 19 de diciembre de 2015 en El Heraldo

En muchos círculos (como el de los intelectuales liberales y algunos feminismos), el matrimonio tiene una fama atroz (y justificada). Durante muchos años fue un sutil y no tan sutil arreglo económico o un requisito ineludible para existir en sociedad. Había tantas razones para casarse –desde el pecado hasta querer perpetuar el apellido– que casi que la razón más superflua era el amor. Por otro lado, tradicionalmente las mujeres hemos llevado las de perder pues, desde tener funciones innegociables de reproducción y limpieza de la casa, hasta las historias de horror del maltrato doméstico, el matrimonio no fue tan bonito como se lo pintaron a nuestras abuelas, y bisabuelas y tatarabuelas y así. Hasta 1997, había una pena menor para el marido que ejerciera violencia sexual contra su esposa y antes ni siquiera había pena. Es decir, hasta hace poco, el contrato matrimonial le daba derechos de acceso carnal, como un “consentimiento previo” a los maridos sobre nuestros cuerpos, prácticamente un contrato de esclavitud. Horror.

¡Qué vergüenza!

Columna publicada el 14 de noviembre de 2015 en El Heraldo

Llevo dos semanas –desde que en Colombia se aprobó la adopción igualitaria– leyendo sus mensajes homofóbicos en redes sociales. Me dirijo a ustedes específicamente: costeños, compañeros de colegio, padres y madres de mis amigos, gente que como yo, tuvo el privilegio de una buena educación, que hemos tenido familias, casa, comida, con quienes he compartido cenas navideñas con arbolitos llenos de regalos.  “Yo respeto mucho a los gays, y de hecho tengo varios amigos gais y los quiero, pero no me parece que adopten” que no es más que otra versión del clásico “no soy racista, pero negro ni el teléfono”, o para que sea más claro, lo que están diciendo es que los homosexuales son sus amigos pero que no quieren que tengan sus mismos derechos. Les tengo una noticia: eso no es ser amigo de nadie.