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¿Es acoso que el conductor de Uber le diga a una pasajera que es “hermosa”?

Columna publicada en la Revista Cromos el 7 de abril de 2017.

Una vez me quejé en Twitter de que, con frecuencia, los taxistas en Ciudad de México me hacen preguntas que me parecen invasivas luego de oír mi acento. ¿Cómo es que llegaste a México? ¿Te gustan los tacos? ¿Y los hombres mexicanos? El interrogatorio terminaba, casi sin excepción, con ¿tienes novio? Cuando hablé de esto con un hombre, también extranjero en Ciudad de México, me dijo que no entendía mi molestia; que él también recibía preguntas parecidas en los taxis. Y que lejos de sentirse molesto o agredido entendía la curiosidad de los taxistas, para quienes cualquier extranjero representa una novedad. Acepté su argumento racionalmente. Pero mi molestia con las preguntas era muy real. ¿Por qué teníamos experiencias tan diferentes de lo mismo?

La Plaqueja que rompió Internet

Quiero dedicar unas líneas a reflexionar sobre el más reciente caso viral de acoso en Ciudad de México que podríamos llamar “la Plaqueja que rompió Internet” porque es un episodio muy revelador de todos esos debates interseccionales sobre género, clase y raza que desde el feminismo queremos dar.

Resulta que Tamara de Anda, una reconocida bloguera feminista y colaboradora de varios medios iba caminando por la calle cuando un taxista le gritó “guapa”. ¿Quería este taxista entablar una amistad con Tamara (y le digo Tamara porque, antes de que salgan con suspicacias, es amiga mía) o porque pensara que le iba alegrar el día? No. Le grita guapa porque ella estaba ahí y él estaba en su carro, y seguramente hace eso con todas las mujeres que le pasan frente al carro. Mujeres que, como Tamara, se sienten incómodas, intimidadas, asqueadas o como mínimo molestas porque cualquier tipo que esté en la calle crea que puede comentar su cuerpo.

Ellos pueden estudiar en paz. ¿Por qué nosotras no?

Columna publicada el 5 de mayo de 2016 en Univisión.

Siempre que se habla de los altísimo índices de acoso en los campus universitario se refiere también que las mujeres no deberían tomar licor o dormir fuera de casa; pero ¿por qué terminamos nosotras siempre siendo las responsables del acoso?

Cuando estaba en primer semestre de universidad un profesor me invitó a su casa… no recuerdo ni a qué, ¿a recoger unas fotocopias? ¿a prestarme un libro? Yo sentía que su interés por darme información era una forma de validar mi talento como estudiante. Fui a su casa. Debo admitir que con cierta incomodidad. Pero en realidad no tenía razón para sospechar nada malo.

Cuando fui a su casa me contó que tenía novia, pero “que no había problema”. Sin embargo me pidió guardar silencio cuando ella lo llamó por teléfono. Muy casualmente logró meter en la conversación comentarios sobre lo bonitas que eran mis tetas y me preguntó “si era virgen”.

Yo me sentí incómoda. Dije que mi amiga me esperaba para una cena en su casa y me fui, sin entender en realidad por qué había querido irme tan rápido. Yo tenía 16 años. Tuve la suerte de hacerle caso a mis instintos. Seguí viendo mi clase como si nada y decidí nunca volver a ver fuera de aulas a este profesor.

CalumnioSOS

Columna publicada el 25 de noviembre de 2015 en El Espectador.

Hace más de un año, María Salomé Sánchez Monsalve, filósofa de la Universidad Javeriana, recibió un correo de su facultad preguntando por un mensaje anónimo en el que se le acusaba de “plagio”.

Según el anónimo, en una “revisión de rutina de las tesis de pregrado” (¿quién hace eso?) habían “descubierto” que la tesis de Sánchez sobre el filósofo latinoamericano Leopoldo Zea era un “plagio”, y ahora, por puro “deber ciudadano”, la denunciaban ante la universidad. Con recalcitrante resentimiento el anónimo contaba que Sánchez se había ido a estudiar una maestría a Europa (daban el nombre exacto del máster, y hasta sabían quién era su tutor de tesis) y anunciaron que también intentarían arruinar su reputación ante la Pompeu Fabra. La Javeriana investigó y declaró de manera oficial que Sánchez no había plagiado, y concluyó que el acoso tenía que ver con una vendetta personal.