Categoría: perreo

Champeta y currulao

Publicado el 4 de enero de 2012 en El Espectador.

“LAS OCHO PAREJAS […] SIGUIENDO todos el compás con los pies, los brazos y todo el cuerpo, con movimientos de una voluptuosidad, de una lubricidad cínica cuya descripción ni quiero ni debo hacer”.

Así se refiere José María Samper en su texto “De Honda a Cartagena”, al currulao, un baile que hoy a nadie le parece lúbrico, ni siquiera a los que hacen los mismos comentarios sobre otros bailes “vulgares” como la champeta.

Es intencional que la champeta sea tan inquietante como lo fue el currulao. La antropóloga Elizabeth Cunin dice que está “marcada por una ‘perversión de las normas sociales’ que busca ‘desordenar’ el orden formal establecido a través de un baile altamente sexualizado y del desorden provocado por la fiesta”.

En 1999 se trató de prohibir la champeta en Malambo. Según la resolución, “tales ritmos transmiten mensajes subliminales a los que la escuchan y bailan, transformándolos en seres violentos y agresivos”. En 2010 se prohibieron los picós después de 10:00 p.m., coincidencialmente en noviembre, cuando en la Heroica ruge el tropipop, un vallenato con Decol más amigable al oído andino.

En el Carnaval el género se crea a la medida

Capítulo del libro Carnaval de Barranquilla: La fiesta sin fin. Fundación Carnaval de Barranquilla. Bogotá, 2011. P. 189- 203.

Una falda roja, anchísima y acampanada, con adornos dorados que caían como en una cortina barroca. Un corset dorado y entallado con piedras en el escote (en forma de corazón, claro). Hombreras, doradas también, con flecos que caían sobre el brazo y hacían juego con los aretes, también dorados. Una corona.

El vestido era todo exceso y saturación, y a mí me gustaba porque el satén era rojo cayena, y tenía tantos adornos que parecía un árbol de Navidad. Diseñado por Amalín de Hazbún, ese era el atuendo de Brigitte Abuchaibe cuando fue reina del Carnaval de Barranquilla, en 1992. Alfredo de la Espriella le puso nombre a esta obra de arte: El cantar de los cantares, y yo, que para entonces tendría unos nueve años, lo miraba a través del vidrio sucio de una de las vitrinas del Museo Romántico. Mi abuela y yo íbamos todos los años a esa sala del segundo piso de una casa del viejo Prado, donde podían verse los vestidos de todas las reinas (desde las de los años treinta hasta las de los ochenta del siglo pasado). Un salón lleno de vestidos de reinas. Reinas del Carnaval de Barranquilla. Nada podía hacernos más felices.

Dice Simone de Beauvoir (1999: 267) que una mujer no nace, sino que se construye. En ese entonces, yo era una mujer en formación, y no quería ser ejecutiva como mi mamá, ni modista como mi abuela. Lo que más quería ser era Reina del Carnaval, y lo quería pese a que mi falta de oído y de motricidad gruesa prácticamente me incapacitaba para bailar. Creo que todas las niñas barranquilleras alguna vez quieren ser reinas del Carnaval, y de cierta forma lo somos, porque hemos incorporado en nuestro imaginario aquello que representa a la soberana del Carnaval de Barranquilla.