Categoría: Migrantes

Venezuela en Barranquilla

Columna publicada el 22 de abril de 2017 en El Heraldo.

Cuando este año, por épocas de carnavales, se hizo patente el aumento del crimen en Barranquilla, un rumor que debería avergonzarnos corrió por las cadenas de Whatsapp: “¡Son los venezolanos!”. Es evidente que el país vecino está pasando por una situación muy difícil, y es lógico que muchos venezolanos y venezolanas vengan a Colombia, pues, no solo compartimos fronteras, somos quizás los dos países más parecidos de la región. Los y las barranquilleras somos con frecuencia confundidos con venezolanos, no solo por el acento, también por un ‘yenesecuá’ caribe que nos hace muy parecidos.

Privilegiados y vulnerables: la estructura social detrás de la muerte de Yuliana Samboní

C0lumna publicada el 11 de diciembre en Razón Pública.

En el fondo del crimen que estremeció a la opinión pública está un país donde algunos “son alguien” y otros “no son nadie”. Además de castigar al culpable, este caso exige una nueva reflexión sobre las verdades de una sociedad que estimula y tolera la violencia de género. 

Vulnerabilidades y privilegios

El pasado fin de semana Yuliana Andrea Samboní, una niña indígena, desplazada y pobre, fue secuestrada, violada, torturada y asesinada por (según señala la evidencia) Rafael Uribe Noguera, un hombre, educado, blanco y de clase alta.

El crimen ha logrado horrorizar y conmover a un país que suele permanecer indiferente ante las muchas formas de violencia de género. El crimen también es un retrato de las desigualdades y tensiones sociales que se viven en Colombia y que influyen sobre el modo de ejercer la violencia y sobre las formas de impartir justicia. Por eso importa comenzar por un análisis de las vulnerabilidades y privilegios en la sociedad donde tuvo lugar este crimen. 

Esas vulnerabilidades y privilegios no son inherentes a la naturaleza, sino que son construcciones sociales. Ser niña, ser indígena o ser mujer no son desventajas en sí mismas, y en una sociedad justa no tendrían por qué serlo. Pero en un país machista y racista ser una mujer indígena implica tener problemas de acceso a derechos fundamentales como la educación y la salud, o una vida libre de violencia.

Cuidado con los balcones

Columna publicada el 11 de agosto de 2016 en El Espectador.

La semana pasada, el cuerpo de la modelo caleña Stephanie Magón amaneció desnudo en una calle de la colonia Nápoles, un barrio de clase media en la Ciudad de México.

Aunque Édgar Elías Anzar, presidente del Tribunal Superior de Justicia de México, dijo a los medios que la modelo había sido víctima de un feminicidio, que la cogieron a golpes hasta matarla (tenía la mandíbula fracturada y desprendimiento de los dientes y rasgos de violencia sexual), dos días más tarde la Procuraduría de la Ciudad de México PGR (que es algo así como la Fiscalía) desmintió a Anzar y dijo que la modelo se había suicidado.

Y no es la única. Un extraño impulso por desnudarse y tirarse del balcón aqueja a las colombianas que llegan a México. En la misma madrugada de la “caída” de Magón, la ibaguereña Sara Ramírez Bonilla, de 22 años, que estaba en Cancún con su novio, “se tiró” del balcón. En el 2012, la cantante y modelo Diana Alejandra Pulido Duque, de 27 años, “se lanzó” de un séptimo piso en la colonia Polanco. Los medios se dieron un festín morboso contando cómo solo vestía “una tanga azul”. Luego de la caída, el hombre que acompañaba a Pulido escapó del edificio. Una vecina —que luego se retractó— dijo que la escuchó gritar “no me bote”, pero la PGR dictaminó que había sido un accidente. El periódico Excélsior tituló “Baile seductor provocó muerte de cantante colombiana”.

El estigma de ser modelo colombiana en México

Columna publicada el 4 de agosto en Univisión.

CIUDAD DE MÉXICO, México.- Este fin de semana encontraron muerta en las calles de la colonia Nápoles, en Ciudad de México, a la colombiana Stephanie Magón Ramírez, caleña de 23 años. Magón estaba desnuda, golpeada, tenía fracturas en la mandíbula y desprendimiento de dientes por los golpes. Llegó a México con un contrato de modelaje, aunque los medios con suspicacia intercalan decir que era modelo con decir que era “edecán” (una palabra que en México a veces se usa como eufemismo para las mujeres que ejercen la prostitución).

Su esposo y su hijo permanecen en Colombia. Ella estaba a punto de terminar estudios en el Instituto Nacional de Telecomunicaciones (Instel), pero los medios también nos contaron que le gustaba la fiesta y que un hermano suyo había sido asesinado hace un año en Brasil. Tras la necropsia, Edgar Elías Azar, presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México (TSJ), declaró que el crimen era un feminicidio: “Traía golpes contundentes mortales, costillas rotas, en fin, son golpes proferidos o sea intencionadamente la mataron a golpes”. Dos días más tarde, el TSJ se retractó y dijo que los golpes habían sido fruto de una caída. Eso sí, no explican, por qué estaba desnuda cuando se “cayó”.

En los últimos cuatro años han asesinado a tres colombianas en Ciudad de México. Las tres llegaron solas al país. Modelos. Jóvenes. A todas las encontraron muertas y desnudas en el mismo barrio en el que vivían. Las tres han sido estigmatizadas por la prensa: los vínculos criminales que les atribuyen no tienen mayor evidencia que las conjeturas que surgen de los estereotipos asociados con su nacionalidad. “En todos los casos, las autoridades mexicanas -en un acto irresponsable y sin concluir la investigación- han creado un perfil falso de las mujeres haciéndoles creer a la opinión pública que son víctimas de su propia belleza, creyéndolas putas, mal relacionadas o copartícipe de bandas criminales dedicadas al narcotráfico”, dice la periodista colombiana Margarita Solano en Lo Político. Mientras tanto, la revista Proceso se pregunta si la Ciudad de México es tumba de modelos colombianas. Los tres feminicidios están impunes.

La puerta de atrás

Columna publicada el 6 de enero de 2016 en Sin Embargo.

En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, hay espacios separados para entregar las maletas a los pasajeros: los que llegan de Norte América, Europa y Asia pasan casi directo de migración a las bandas de equipaje. Foto: Cuartoscuro En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, hay espacios separados para entregar las maletas a los pasajeros: los que llegan de Norte América, Europa y Asia pasan casi directo de migración a las bandas de equipaje. Foto: Cuartoscuro

El año pasado hubo indignación generalizada en toda Latinoamérica porque Donald Trump dijo que los migrantes mexicanos en Estados Unidos eran “lo peor” de México: ladrones y violadores (aunque si concedió que quizás algunos eran buenas personas). La ofensa fue un gran ardid publicitario para lanzar su campaña pues, a pesar de lo incorrecto y lo absurdo de la frase, su idea discriminatoria resuena con muchos norteamericanos temerosos de las invasiones pardas. Los latinos, por su parte, corrieron a enumerar mexicanos exitosos en Estados Unidos y hasta salió Slim a medir quién la tenía más grande. La discusión terminó planteada en términos de “los que somos de aquí somos así y los que vienen de allá son de esta otra manera”: territorios equiparados con identidad que irremediablemente terminan en la pregunta sobre qué identidades pueden habitar qué territorios, cómo y por qué.

En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, hay espacios separados para entregar las maletas a los pasajeros: los que llegan de Norte América, Europa y Asia pasan casi directo de migración a las bandas de equipaje. Los vuelos que llegan de Centro y Sur América y el Caribe, deben seguir por un pasillo que pasa por detrás de las bandas de maletas de “los blancos” hasta muy atrás, como si fuera una de esas “puertas de servicio” que tanto nos gustan en la arquitectura latinoamericana.

Un paseo por lo exótico

Columna publicada el 20 de noviembre de 2015 en Sin Embargo.

Los latinoamericanos vemos y entendemos y aprendimos el mundo bajo ese filtro de “Occidente”, y nos lo aplicamos a nosotros mismos. Foto: CuartoscuroLos latinoamericanos vemos y entendemos y aprendimos el mundo bajo ese filtro de “Occidente”, y nos lo aplicamos a nosotros mismos. Foto: Cuartoscuro

En la nueva serie gringa Quantico, (koo-aahn-tee-kou) un grupo de guapos y brillantes agentes en entrenamiento para el FBI trata de descubrir quién de ellos está detrás de unos ataques terroristas en Nueva York. Por aquello de la diversidad, la serie está protagonizada por una actriz india (Priyanka Chopra), y las gemelas del grupo son de hecho ¡musulmanas! Por supuesto, cada personaje tiene un secreto. El secreto de muchos consiste en hablar por teléfono usando alguna lengua árabe.