Categoría: Derechos de la niñez

Privilegiados y vulnerables: la estructura social detrás de la muerte de Yuliana Samboní

C0lumna publicada el 11 de diciembre en Razón Pública.

En el fondo del crimen que estremeció a la opinión pública está un país donde algunos “son alguien” y otros “no son nadie”. Además de castigar al culpable, este caso exige una nueva reflexión sobre las verdades de una sociedad que estimula y tolera la violencia de género. 

Vulnerabilidades y privilegios

El pasado fin de semana Yuliana Andrea Samboní, una niña indígena, desplazada y pobre, fue secuestrada, violada, torturada y asesinada por (según señala la evidencia) Rafael Uribe Noguera, un hombre, educado, blanco y de clase alta.

El crimen ha logrado horrorizar y conmover a un país que suele permanecer indiferente ante las muchas formas de violencia de género. El crimen también es un retrato de las desigualdades y tensiones sociales que se viven en Colombia y que influyen sobre el modo de ejercer la violencia y sobre las formas de impartir justicia. Por eso importa comenzar por un análisis de las vulnerabilidades y privilegios en la sociedad donde tuvo lugar este crimen. 

Esas vulnerabilidades y privilegios no son inherentes a la naturaleza, sino que son construcciones sociales. Ser niña, ser indígena o ser mujer no son desventajas en sí mismas, y en una sociedad justa no tendrían por qué serlo. Pero en un país machista y racista ser una mujer indígena implica tener problemas de acceso a derechos fundamentales como la educación y la salud, o una vida libre de violencia.

¿Cómo puede evitar Colombia que haya otras Yulianas?

Columna publicada en Univisión el 8 de diciembre de 2016.

Yuliana Samboní, una niña de 7 años, jugaba frente a su casa en el barrio popular de Bogotá cuando fue raptada en una camioneta. Un día más tarde, Samboní fue encontrada muerta, torturada, violada y asfixiada en un lujoso apartamento en el barrio contiguo al suyo. La abrumadora cantidad de evidencias encontradas por la Fiscalía señalan al arquitecto Rafael Uribe Noguera, de 38 años, miembro de una de las familias más ricas del país, como el culpable. Se sospecha que, además, sus hermanos le ayudaron a alterar la escena del crimen, y luego lo internaron en una clínica alegando una supuesta sobredosis.

La Fiscalía afirma que el consumo de sustancias fue posterior a la muerte de la niña, posiblemente para alegar que no sabía lo que hacía cuando cometió el crimen. Pero los mejores abogados penalistas del país se negaron a llevar el caso, incluido el prestigioso bufete del que Francisco Uribe, su hermano, hacía parte hasta hace unos días. Aunque lo normal suele ser que un agresor con tantos privilegios salga libre, la sociedad colombiana está tan indignada y enrabiada que es poco probable que el culpable escape a la justicia.

Sin embargo, el pedido de justicia va por dos caminos: por un lado, estamos quienes pedimos un cambio estructural y cultural que ayude a subsanar las desigualdades sociales que hicieron el crimen posible. Por otro lado, el distrito de Bogotá, la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y sectores de la sociedad exigen endurecimiento de penas para este tipo de críticas y cadena perpetua para los violadores de niños y niñas. El presidente del Congreso, Mauricio Lizcano, presentó un proyecto de ley llamado “Ley Yuliana”, para que, en sus palabras, “quienes violen un niño o niña se pudran en la cárcel”. Sin embargo estas medidas son entre inútiles y peligrosas: la vía punitiva, aunque puede parecer más efectiva, podría incluso crear un escenario peor para las niñas de Colombia.

Por la memoria de Yuliana Samboní

Columna publicada el 7 de diciembre de 2016 en El Espectador.

La niña Yuliana Andrea Samboní, de siete años, fue secuestrada, violada, torturada, asfixiada y muerta, presuntamente por Rafael Uribe Noguera, en su apartamento, este fin de semana. El feminicidio de Yuliana ha conmovido y enrrabiado a toda Colombia.

Su más posible agresor, señalado por una cantidad de evidencia clara y abrumadora, fue internado en una clínica por supuesta sobredosis, y ahora se declara inocente, quizás con la esperanza de que le crean que su crimen atroz no fue premeditado. Pero ya hay testigos que dicen haber visto su camioneta en el barrio, rondando a la niña en días anteriores. Y no existe la droga que haga que una persona adquiera capacidad para tal violencia. Las drogas, si acaso, exacerban por momentos la magnitud de una violencia, que en el caso de Uribe Noguera fue alimentada en la comodidad del privilegio de ser un hombre, blanco, educado y miembro de una de las familias más poderosas de Colombia, un país en donde todos esos privilegios otorgan casi la omnipotencia de Dios. Yuliana Samboní, por el contrario, encarna todas las vulnerabilidades juntas, por género, por edad, por etnia, por clase social, por ser parte de una familia desplazada. En un mundo sin estas desigualdades abismales un crimen como este habría sido excepcional. En cambio, es uno entre tantos.

La táctica del avestruz

Columna publicada el 21 de septiembre de 2016 en El Espectador.

Acaba de levantar indignación en Colombia una encuesta del DANE, aplicada a adolescentes entre los 12 y los 16 años, por mandato de la Ley 79 de 2001, que busca medir las experiencias que tienen respecto al sexo.

Contiene preguntas explícitas, como si han recibido sobornos a cambio de sexo, o si han sido tocados sexualmente sin su consentimiento y por quién. “Los niños y niñas que no están sometidos a este tipos de experiencias, simplemente no avanzan en el cuestionario electrónico”, dijo a RCN Radio el director del DANE, Mauricio Perfetti. Sin embargo, los padres de familia se enteraron del cuestionario y están indignadisimos, protestando, porque las preguntas son “agresivas”, “bruscas”, que ese no es el lenguaje, y los colegios dicen que no quieren aplicar la encuesta sin el consentimiento expreso de los padres y que, no importa que en Colombia esté prohibido negar datos estadísticos, no preguntarán lo que no quieren saber.

¿Qué significa ser una familia?

Columna publicada el 17 de septiembre de 2016 en Univisión.

La pregunta no es menor, no en vano nos repiten una y otra vez que la familia es la base de nuestra sociedad. Bajo esa imagen uno podría imaginarse a todas las familias como piezas de lego, se apila una sobre la otra y así crean los metafóricos edificios de nuestras instituciones. Para imaginar esto es necesario creer que todas las familias son iguales y que esa uniformidad es la clave de la estabilidad de las construcciones.

Pero la vida real poco se parece a esta monótona imagen. Cuando declaramos que un grupo de personas es ‘nuestra familia’ lo hacemos por una afinidad profunda, un amor y un deseo solidario de enfrentar la vida en equipo, no porque se ajusten a un molde específico. Como todos y todas somos diferentes y vivimos en diferentes circunstancias, nuestras familias son múltiples y diversas, buenas y malas, como la misma vida, como la realidad.