El joven que descuartizó a su novia (y tocaba el piano)

Uno puede hablar de un músico que por azares del destino terminó involucrado en un homicidio o puede hablar de un asesino que coyunturalmente sabía tocar el piano. Ante ese dilema se tuvo que enfrentar Alejandro Sánchez González, el autor del desafortunado (por usar un eufemismo) artículo de Emeequis “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)”, que fue portada en la última edición: la historia de un muchacho que tenía un futuro prometedor hasta que se le atravesó una “naca” que por joderlo y joderlo se buscó que la mataran. ¡Portada!

Dice la revista en su respuesta a las críticas (que no es una disculpa pues solo las ofrece a quienes se hayan “sentido” agraviados por hacer una “lectura” del texto) que no pretenden “hacer apología al feminicidio o culpar a la víctima del asesinato cometido por su victimario”. Es posible que no lo pretendiesen, pero eso no quiere decir que no lo hicieran, muy probablemente sin darse cuenta. Porque esto del machismo, el machismo violento, está engranado tan hondamente en la cultura latinoamericana (y de todos lados) que las frases de la historia, que es un feminicidio de libro, pasaron desapercibidas por todos los filtros.

“Javier Méndez Ovalle tiene una idea un poco más clara sobre lo que desea hacer en los próximos años.” (Obvio, él tiene su futuro resuelto) “Ya ha sido un excelente deportista, un quarterback nato de las Águilas Blancas y los Búhos del Instituto Politécnico nacional, un ágil nadador, un buen pianista. Por si fuera poco, ha demostrado un desempeño académico superior.” (Ya ven, ¡un partidazo!).

Ella, en cambio, era bruta y ordinaria:

“Sandra Camacho, en contraste, no atina a definir qué hacer.” “No pasó el examen de admisión”, “De origen humilde”.

Ella, maldita lisiada, osa burlarse de Javier. “Se burla abiertamente de él”. “Sandra lo percibe y sigue provocándolo”. Ella le pregunta “¿Tú quién eres para algo así?” y el le enumera sus logros, porque recuerden, mine is bigger. El man hasta le saca trofeos a la chica ,pero ella se burla (¡¿cómo no?!). Ella no sabe de universidades prestigiosas, recordemos que es bruta y “naca”. No sabe alemán.

“La joven nacida en Ixtapaluca” (la mismísima boca del infierno) “no se detiene. Sigue, según lo percibe él, en plan mala onda, de plano ojete.” Ven, ella lo azusa, lo ataca, lo agrede con sus preguntas ontológicas. “¿Tú quién eres?”

“Las risas forzadas taladran de nuevo la cabeza de Javier. ¡Callate!” ¡Sandra y su enloquecedora risa malvada!

Descolocado, Javier siente cómo crece en su interior una molesta a medida que Sandra se burla de sus pretensiones, lo hostiga y hasta hace que él, inexplicablemente, intente convencerla de que es verdad lo que dice.”

Ninguna de sus novias le había “faltado así al respeto”. Y entonces el periodista nos suelta la justificación del asesinato: “Le da coraje que una jovencita” (bruta y “naca”) “se burle de un modo tan cruel de algo especial, de los años de trabajo, de estudio….” etcétera, etcétera… Javier y sus trofeos.

“como una niña chiquita que no tuviera corazón; se burla y se le acerca.”

“Él quiere acabar con esto pero no sabe cómo”.

“Sandra lo jode, se le acerca otra vez, lo jode, lo molesta mucho.”

Y por eso tan agresivo, por “tirarle carrilla”, Javier la mata. Uno diría, al leer, que es casi que por defensa propia.

“Él la empuja y ella tropieza y cae” ¡No! No cae así casual como quien se tropieza. ¡Un tipo la acaba de empujar y la tumbó al piso!

Ella grita, obviamente, lo araña. Otra vez el periodista justifica: “No le quiere pegar, solo defenderse, pero la golpea en la cara. Ha sido un accidente.”

“Como si no fueran suyas, las manos de Javier se aferran al cuello de Sandra”. ¿Cómo que como si no fueran suyas? ¡Sí son suyas! ¡Carajo! “se comporta como si otra persona tomara posesión de él” y entonces ahorca a Sandra. ¡La ahorca! Y entonces ¡se asusta! ¡pobrecito!

Y decide  d e s  c u a r t i z a r l a.

Aparentemente debemos empatizar con el pobre Javier porque los charcos de sangre lo hacen vomitar y tiene asco de la mujer que acaba de matar. En la misma línea de pensamiento, la bota a la basura.

Después el periodista nos explica que Sandra vivía en un barrio de mierda y ella era una jovencita temeraria que “salía todos los días”. (A todas les pasa por putas).

Incluso llega a decir que el perfil del autor del crimen no era el de un feminicida. ¿Cuál es el perfil de un feminicida? ¿Qué tal un hombre de ego frágil que se ofende por cualquier pendejada y reacciona con violencia hasta matar? Aún así la fiscal le dice al asesino que le gustaría tener un hijo como él, y él, según el periodista, el indefenso Javier asume una actitud “casi infantil.” Entonces (como todos) promete ser bueno. “parece el joven más frágil y solitario del mundo.” Después resulta, que además, el pobre “sufría de bullying”. Además el tipo nunca acepta la culpa y sigue clavado en su evasión diciendo que el crimen lo cometió “un otro que se apoderó de el”: “hay alguien en mi cabeza pero no soy yo”.

Esta es mi lectura del artículo y no es una lectura sutil. No estoy “hilando fino”. Los juicios contra la mujer, todas las disculpas del crimen, como si ella le hubiera jodido la vida por “provocarlo” (es la palabra que usa el autor) a matarla, son permanentes. Sin lugar a dudas, todo el texto es una apología al feminicidio. Es lo de siempre, echarle la culpa a la víctima, justificar al asesino. Decir que fue un “crimen pasional”. Otro lugar común es tratar de disculpar al criminal diciendo que es un loco, un esquizofrénico, que fue la enfermedad. Pues no todos los locos y todos los esquizofrénicos van por ahí matando mujeres, y aún si lo hicieran, la enfermedad no justifica de ninguna manera un asesinato. Los hombres que matan a las mujeres no son desviados ni anormales, la escalofriante verdad es que el feminicidio es de lo más normal.

Es cierto que Emeequis ha publicado artículos que no son misóginos y hasta algunos que denuncian crímenes contra las mujeres y apoyan sus derechos. Pero este, este artículo, es terrible y violento, es la forma arquetípica en que se disculpan los feminicidios. Esa forma arquetípica es la razón por la que hay tanta impunidad ¡95%!

Ojalá habláramos de un texto de ficción. Pero en México, cada año, hay 2336 “Sandras”.

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Adenda

Me han dicho por Twitter que el periodista “solo quería explicar al asesino” y que no tiene que ser “la víctima buena y el victimario malo”. Este es un ejemplo de un periodista que no solo no es equilibrado sino que toma partido a favor del asesino de manera abierta y reiterada. El periodista no tiene por qué hacer apología de la víctima, pero nadie le está pidiendo eso. Lo que no puede hacer jamás un periodista es hacer apología de los victimarios. Si quería ponerse creativo y meterse en “la mente del criminal”, para eso está la literatura, el periodismo está al servicio de la democracia y los derechos humanos.
Para quienes aún creen que el periodista no es machista ni tendencioso tres noticias de prensa vía Estefanía Vela, @samnbka:

1. Excelsior. Aquí nos hablan un poco más de las medallas de Javier y hay hasta foto.

2. La policiaca. Aquí le dicen “joven genio” y que peritos y psicólogos “no se explican” por que la mató (la mato por machista). También dicen que Sandra había ido a verse con Javier porque él le ofreció trabajo como edecán (un dato que el texto de Sánchez omite tendeciosamente).

3. Al momento. Otra vez, Sandra estaba ahí porque buscaba trabajo como “edecan o bailarina”. Y bueno, algo más sobre la genialidad de Javier y sus medallas #mineisbigger

Creo que es normal que alguien tenga comportamientos machistas o que un medio cometa errores de ese tipo, después de todo, el machismo está tan engranado en la cultura que a veces y para muchos es difícil de ver. Creo que lo correcto en estos casos es aceptar el machismo, no solo correcto, es importante hacerlo porque seguir defendiendo y avalando esos discursos violentos es muy grave. Aceptar el machismo, corregir, cambiar, seguir.

Las críticas a este post y en defensa del periodista fueron tantas que tocó hacer oooootro post: Paladines de los machos