La respuesta larga

I

La respuesta corta es que cometí un gran error. Estaba terminando el texto segundos antes de tener que enviarlo y, entre todas las cosas que toca resolver durante la etapa de edición, omití la referencia explícita a Lisa Wade que hubiera evitado todo este escándalo. No es la primera vez que se me escapa algún error, los ritmos de producción son rápidos, casi que industriales. Pero esta vez fue el error. En esta ocasión la omisión no fue de una coma, sino de unas comillas… más que eso. Es un error grave. No tengo la intención de negarlo, pero es un error, no un atentado premeditado contra los lectores, ni contra la autora a quien no cité. Agradezco que me lo señalaran. Lo admití. Pedí disculpas. Hice una rectificación. Creo que si uno comete un error lo ético es rectificarlo o corregirlo y eso hice. Y, además, para eso también está el espacio parlamentario de la prensa.

También puedo decirles que ni Lisa Wade ni Pulzo me han demandado por “plagio”. De hecho le escribí a Wade contándole el caso y muy amablemente me contesto (abro comillas) “I appreciate your thoughtful response to the observation regarding attribution. Let’s both keep writing strong articles in defense of women! :)” (“Aprecio tu atenta respuesta a la observación respecto a la atribución. ¡Sigamos ambas escribiendo artículos fuertes en defensa de las mujeres! :)”). Los paladines del plagio pueden ver que aquí no hay ningún delito y que Wade está tranquila.

Sobre mi autoridad ética como docente, creo que puedo mostrarles a mis estudiantes que si uno se equivoca debe admitirlo y rectificarse. Creo que decirles que uno debe asumir sus errores es más valioso que venderles exigencias de perfección. Eso, creo, los sitúa a ellos conmigo en un mundo más real y más próximo al desempeño humano y profesional. Este asunto, de hecho, es un excelente caso para usar en clase, mejor que cualquiera, porque puedo contarlo desde adentro, y hacer que mi experiencia sirva para que a mis alumnos no les vaya a pasar jamás, o sepan qué hacer si les pasa.

Me atrevería a decir, juzgando por el placer con el que algunos me quieren poner en un cepo, que muchos no me creen cuando digo que mi falla fue el descuido y no el fruto de malas intenciones. Lo más frustrante de toda la historia es que el nombre de Lisa Wade sí aparece en el artículo en la versión original que publiqué, con lo cual la acusación de plagio resulta doblemente ofensiva. Cuestionan mi integridad como periodista, pero además me creen lo bastante imbécil como para plagiar un texto y mencionar al autor que lo escribió. Entiendo que la verdad no es suficiente cuando las circunstancias parecen indicar lo contrario. Entiendo que es un problema de confianza y que no le puedo pedir a todos que confíen en mí. Pero, por favor, si no creen que soy honesta, al menos no piensen que también soy estúpida. Dicho de otra manera, si fuera la experta plagiadora que están pintando, el sólo hecho de haber mencionado a Lisa Wade debería ser suficiente para que me den el beneficio de la duda.

¿Hay una manera ideal o correcta para manejar estas situaciones de crisis? ¿Habría podido reaccionar antes o de manera más asertiva? Si como periodista cometo un error, ¿la rectificación es irrelevante porque el linchamiento no permite vuelta atrás? ¿Qué tendría que hacer para que los lectores que hoy desconfían de mí vuelvan a leerme? La verdad es que yo no sé contestar a estas preguntas. Es la primera vez que caigo en un error así y además estoy en el ojo público. He hecho lo que he considerado correcto para manejar la situación. Si cometer este error lleva a que los lectores pongan en duda cualquiera de mis ejercicios de escritura o no confíen en mí, esas son las consecuencias de equivocarse y la única manera que tengo para resarcirme es hacer bien mi trabajo.

II

Reiteradas las disculpas y hechas las aclaraciones, todavía les debo una reflexión completamente mía. Otros ya la habrán escrito, quizás con las mismas palabras, pero esta vez la pensé yo solita, mientras me tiraban tomates. La reflexión es esta: las ideas se alimentan de otras ideas.

Al decirlo parafraseo a muchos, incluso a mí misma. Cuando les digo que la pensé “yo solita” les miento. Ese “yo” ese una intersección de lecturas y conversaciones, y experiencias. Este texto acuoso, que firmo como Catalina, tiene frases de Santiago, de Diana, de Laura, María José, de Ricardo y de muchos otros que hacen parte del remix que es mi firma como autor.

En el régimen cultural en el que vivimos queremos trazar una línea que nos permita saber quién pensó qué, porque nos gusta que la reputación sirva como capital cultural, pero esa línea siempre es difusa. Los que piensan solos no piensan cosas originales sino ideas que otros ya pensaron. Oscar Wilde dice desafiante que el verdadero genio roba, y esa frase se la roba Picasso. La diferencia está en que leyendo las palabras de otros tenemos mejores chances de descubrir el agua hervida en vez del agua tibia. Yo vivo de este juego. Leo todo lo que puedo y trato siempre de respetar las reglas y de aportar lo mío y así todos juntos vamos construyendo un infinito cadáver exquisito que llamamos “cultura”.

Asumirse como “autor de unas ideas” puede ser, de hecho, anticuado y arrogante. Las ideas no son propiedad de nadie. Nosotros, arbitrariamente, les hemos puesto precio y les hemos asignado dueños, entre otras cosas para que se hagan digeribles dentro de nuestros sistemas económicos. A veces parece que más que la idea, lo importante fuera su genealogía, ¡al diablo el nombre, a ver los apellidos! Pero en esos abolengos —que tal vez resulten acartonados para nosotros, los trepadores intelectuales— se mueven las reglas de la academia, un manual que aceptamos cuando entramos a jugar. Lo que es muy interesante en este punto, y habría que preguntarse, es cómo aplican esas reglas en el periodismo y qué tan pertinentes son, particularmente en el periodismo de opinión. Las reglas de citación de la academia son especialmente estrictas —además de importadas, pues las regulan academias extranjeras con la noción, tan excéntrica, de que todos podemos pensar cualquier tema en un mismo orden disciplinario de la escritura—y son regulaciones que se han pensado para otra forma del ejercicio del pensamiento, por lo que es arbitrario dar por sentado que su funcionalidad se ajuste, sin más, a un formato periodístico donde se evitan por principio, por ejemplo, los pies de página, y en el que cada día se avanza con mayor rapidez hacia una forma multimedial.

El periodismo contemporáneo digital tiene que empezar a ver emerger este tipo de preguntas. Es apenas natural que ocurran asuntos como éste y discusiones y forcejeos como resultado, entre otras cosas porque internet nos exige reinventar nuestras reglas del juego y repensar nuestra idea del “autor”; que tiende a parecerse cada vez más a la idea de “nodo”. Yo le propongo al primero que se declare autor absoluto de una idea, a ese capaz de echarse al agua y demostrar que nadie nunca ha pensado ni construído algo medianamente cercano a lo que produce su singularísimo cacúmen, a que me invite a un café (y por café quiero decir whisky) para que me enseñe dos cosas: cómo pensar el tema de otra manera y cómo se obtiene la genialidad de Dios, para sacar las cosas de la nada y articularlas como si se fundara el lenguaje. Lo importante de la lección que me deja todo este asunto quizá no sea sino descubrir que la omisión más grave aquí, en todo caso, es la de la autoría que debería reconocérsele, solo por no dejar de hacerlo, al acervo común (que aquí corresponde al grosor ideológico de la “opinión”) cuyo margen de posibilidad regula incluso el más “singular” de nuestros pensamientos y al que le debemos lo que llegamos a formular al ponerlos en palabras.

La noción de propiedad que pesa hoy sobre las ideas y que ha reconcentrado nuestra valoración del “autor” y de la “obra” no es necesariamente natural, ni se deriva inmediatamente del perfeccionamiento de nuestros sistemas de pensamiento. Y me niego a citar a ningún Foucault para decirlo. Escojan ustedes para atribuirle esta genialidad a algún autor con dos dedos de frente entre Aristóteles y Bourdieu. La prensa, que nació política y por el camino ha intentado despolitizarse y sacudirse de los prejuicios para parecer más “objetiva”, es el resultado del asentamiento de un mercado circunscrito a la historicidad con que hoy existe la idea del individuo. Pero este panorama, justamente porque es histórico y depende de la cultura y sus mediatizaciones, puede cambiar. Para mí , los espacios virtuales y un caso como el que nos ocupa pueden ser respectivamente un medio de transformación y el síntoma de la inestabilidad que supone cualquier cambio en este régimen del “autor” que, de momento, gobierna en nuestro entorno. Así que, mientras llegan días más definidos al respecto de los pactos que haremos sobre el mundo que nos reta con su eterna variación en el campo de la propiedad intelectual, voto por esta perspectiva: me declaro, humildemente, menos individual y original de lo que el mito exige hoy de la profesión, y tomo nota de todo este lío, por supuesto, para que, la próxima vez que coseche en el terreno de las opiniones que comparto, no se me olvide volver a ese ritual ilusorio que promete la coherencia y estabilidad singular del “yo” a través del ejercicio simple de atribuir a las ideas un nombre propio. Para algo nos bautizan, ¿cómo no?

@Catalinapordios