Patear la lonchera

Estoy muy sorpendida por la reacción de Ernesto McCausland a mi columna del viernes pasado, Vístete de amarillo. Primero, porque yo nunca lo menciono en mi columna, que habla sobre lineamientos editoriales, y él responde con argumentos ad hominem, al mejor estilo de la lenguaraz madre de El Flecha, reconocido personaje de ficción de David Sánchez Juliao. Tal vez la verdadera megalomanía está en pensar que una crítica al periódico es una crítica a él, como si la publicación y el hombre fueran lo mismo.

Quiero reafirmar que yo no tengo ninguna intención de remangarme la camisa frente al respetado periodista, menos cuando mi preocupación no es por él si no por la suerte del periódico que crecí leyendo, una publicación a la que le tengo gran afecto y cuyas páginas hoy paso con desagrado. Más que enfocarse en mis problemas de digitación, el señor McCausland podría leer la columna y comentarla con otros barranquilleros, que de seguro le dirán que opinan algo parecido, pues no soy la primera que comenta sobre el nuevo rumbo del periódico: lo que digo en mi columna se decía ya en las calles, y otros periodistas, como Nicolás Morales de Arcadia le han dedicado párrafos críticos al nuevo editor, ahí sí, con nombre propio.

Dice Morales en su columna “El efecto McCausland”:

“Es posible que la mejor explicación de esta mutación se desprenda de la llegada de una nueva generación de directores de periódicos, menos sensibles a los formatos tradicionales, pero también más distantes de ese universo cultural, intelectual y literario. En el caso de El Heraldo, Gustavo Bell, su antiguo director, preservó Dominical como un baluarte de la casa editorial barranquillera y aseguró, de la mano de Alberto Coronado, su editor, una calidad que lo hacía envidiable. Bien diagramado –lo que no era fácil de hallar en la prensa regional– era generoso en plumas, buena escritura y temas relevantes. El ensayo era el rey, pero convivía con otros formatos periodísticos muy flexibles. Cierto, era pequeño, lo cual no era un defecto pues tenía una frecuencia semanal, como los suplementos culturales de los grandes diarios del mundo. Pero ahora, con la reciente llegada del señor Ernesto McCausland a la dirección del diario caribeño, se tiró a la basura el histórico suplemento para replantear el negocio a punta de entretenimiento y de algunas variaciones “culturales” más livianas. Como resultado, la escritura decayó estrepitosamente. Convertir cuatro entregas de cultura en una mensual despertó la ira de algunos lectores, pero la mayoría se mantuvo indiferente. Lástima, pues perder un espacio cultural de esa frecuencia y carácter en una ciudad como Barranquilla es perder todo un continente.”

Adicionalmente, McCausland nunca contesta mi crítica de fondo: el creciente amarillismo del periódico, solo habla de las grandes plumas con las que cuenta, que dicho sea de paso no merecen ser publicadas al lado de noticias que semejan una película Serie B de los años ochenta. Para sustentar esta afirmación está el mismo Heraldo, cuyas noticias referencio en los siguientes links:

Recuento del caso Viñas por meses.

Fotos de la audiencia pública en los que aparecen fotos de la escena del crimen y de Clarena en vida hora antes de su muerte (las fotos de ella son sacadas de Facebook, algo que el periódico viene haciendo con los muertos de los últimos meses).

Video del hijo del imputado en el crimen con detallitos macabros.

Grupos de Facebook condenando el crimen.

-El Heraldo en Twitter.

-Ñapa y cambio de frente: foto de una mujer muerta en Cartagena, publicada en El Heraldo.

Creo que estás noticias son suficientes para sustentar mis argumentos, y si no, los invito a comprar El Heraldo y verificar con sus propios ojos el barato sensacionalismo que hoy indigna a muchos barranquilleros. Finalmente me gustaría decir que el asunto aquí no son las rencillas personales si no la responsabilidad de un medio frente a sus lectores, pues del respeto a estos depende la credibilidad de un periódico, algo mucho más importante que las ventas masivas.