El me pegó y se sintió como un beso

Columna publicada en la sección de Opinión de El Heraldo el 21 de enero.




El me pegó y se sintió como un beso” dice una famosa canción de 1962 escrita por Carole King y Gerry Goffin e interpretada por The Crystals (He hit me. It felt like a kiss.) “El me pegó pero no me hizo daño, no pudo soportar oírme decir que estaba con alguien nuevo, y cuando lo dije, me pegó y se sintió como un beso, me pegó y supe que me amaba, porque si yo no le importara no lo habría enfurecido, pero me pegó y se sintió como un beso”.

¿Qué lleva a las mujeres a dejarse pegar de un hombre? De entrada, uno diría que por bobas, pero no; hay muchas mujeres, supuestamente astutas, que son maltratadas. ¿Por inseguras?, ¿porque tienen poca educación?, ¿dependencia económica?, ¿emocional?; ¿qué lleva a las mujeres -para que un tipo se quede con ellas- a sentirse tan inferiores a un hombre como para aguantar daños físicos y morales ? Este no es un problema de mujeres poco privilegiadas, pobres, o con familias inestables. Creo que todas las mujeres nos hemos sentido ‘mermadas’ ante un hombre en algún momento. ¿Quién de nosotras, aún la más favorecida, puede decir que nunca, nunca, ha puesto a su pareja por encima de su propio bienestar? ¿Quién puede decir que no ha pasado una ofensa creyéndola una prueba de amor?

Muchas teorías feministas explican por qué los hombres le pegan a las mujeres y no por qué éstas se dejan pegar. La mayoría localiza el problema en la inequidad de género, en un sistema patriarcal y en la idea culturalmente arraigada de que la agresividad y la violencia son propias de lo masculino. Es así como las mujeres confundimos violencia (verbal o física) con virilidad. La sexualidad femenina puede llegar a ser cruel, perversa y masoquista, porque más allá de los traumas individuales, nuestro útero busca al macho Alfa, y nosotras lo confundimos con el que más grita. A todas nos ha pasado, desde la más rebelde hasta la más sumisa.

Casos como los de Alba Inés Reina Soto, Jennifer Paola Arboleda Cortés, Dolfay Rodríguez, Ana Luz Padilla Ponce, Claribeth Bayuelo Varela, Diana Orozco, Delma Goenaga y Clarena Acosta, algunas de las costeñas víctimas de un crimen pasional en los últimos años, me dejan perpleja. No porque me sorprenda que existan mujeres ‘que se dejen’, sino porque reconozco sus sentimientos en mí y en las mujeres a mi alrededor.

“Leela está experimentando la alegría de cualquier mujer: venerar a un idiota despreciable”, dice Bender en Futurama y me doy cuenta de que Leela, y yo, y muchas otras mujeres en el mundo hemos experimentado ese placer enfermo. No se trata de culpar a los hombres, nosotras jugamos con ellos el juego de la sumisión, no se trata de culparnos a nosotras porque tal vez todas las mujeres nos hemos sentido alguna vez inferiores frente a un hombre amado. Tal vez, ser mujer se trata un poco de sentir eso y superarlo. Pero quiero entender por qué lo sentimos. Decir que es problema de unas cuantas es decir que el sida sólo enferma a los homosexuales; es torpe e ingenuo.

Creo que las estadísticas y los perfiles psicológicos no explican el miedo o la reverencia que a veces tenemos frente a los hombres. Y sí queremos que eso mejore debemos empezar a preguntarnos qué es lo que todas tenemos en común que hace que alguna vez hayamos recibido un golpe, y lo hayamos sentido como un beso.