Hermenéutica de una nerda en minifalda


Versión original del artículo “La revolución en minifalda” publicado en la edición de ARCADIA MODA de julio 2009.


Antes de 1960 era normal que las mujeres se vistieran como sus madres. En los catálogos de compras de los almacenes Sears de 1962 se mostraba a madres e hijas como compañeras de costura, felices de usar la misma pinta. En los sesentas empezó ese deseo de la juventud por mostrar una expresión particular. Desde entonces los jóvenes son contraculturales por definición. Quieren y construyen su identidad como un opuesto a la del adulto, de lo establecido. Y eso, ¿cómo lo hacen? ¡Con la ropa! La ropa es su principal acción política.

En los años 60 empezaron las rebeliones de las minorías: las feministas y los negros hicieron varias protestas en EEUU, se pasó el Acta de los Derechos Civiles, que buscaba evitar la segregación, (1964). Curiosamente fue en esta época cuando apareció la (auto)-segregación en su manifestación más formal: la contracultura. Antes de los 60 la contracultura era solo una contra. Pensamiento disidente siempre ha habido, pero para que este se volviera cultura, tuvo que aglutinar un grupo y convertir sus ideas en una forma de vida, crear una pose que identificara su rebelión. Para unir a un grupo se necesitó una imagen (la ropa) y un medio masivo (la televisión). La televisión le mostro al mundo cómo se debía pensar y qué ponerse. La cajita mágica evidenció lo que era el status quo, y entonces hubo algo contra lo cual rebelarse.

¿Por qué se negaban los jóvenes hippies a usar corbata? Porque estaban interesados en rebelarse contra una sociedad que cada vez era más conformista y represiva (representada en la corbata). Los hippies, en la época de la psicodelia, que llegó a su culmen entre 1965 y 1967, eran cosmonautas del espacio interior. Por supuesto, la expresión (el término es de Alexander Trocchi) tiene que ver con el consumo de drogas en la época, que resultaba perfectamente coherente con el ideal del hipismo: buscar nuevos modelos de pensamiento, nuevas realidades distintas a Vietnam y a la gente de vida correcta y moral intachable que proponían los cincuentas.

Las imágenes de los trips pasaron al arte psicodélico y de ahí al diseño gráfico. Pronto empezaron a verse en las telas y los estampados, como un chiste interno para quienes sabían de dónde venían esos contrastes de color. Uno de los estampados más populares fueron las flores, que representaban la libertad y la comunión con la naturaleza. Las ideas de los hippies se convirtieron en ropa y después se desvanecieron relativamente rápido, pero el estilo se usa todavía, para hacer alusión, de manera muy light, a eso de hacer el amor y no la guerra.

Moda y contracultura entran en un ciclo inacabable, se reemplazan la una a la otra. Los sesentas fueron el punto álgido de la contracultura, cuando era todavía inocente y no era tan evidente que sería absorbida por la moda y regurgitada. Una vez la moda está instaurada, la contracultura la desafía, pero su irreverencia es tan atractiva que se hace popular, y al hacerlo pierde su fuerza política.

El icono sesentero que, sorprendentemente, todavía no ha banalizado su carga contestataria es la minifalda. En 1966 Mary Quant empezó a producir mini vestidos con el dobladillo 6 o 7 pulgadas arriba de la rodilla. Tomó la idea de los diseños hechos por André Courrègues. Cuando Courrègues, más adelante dijo que él había inventado la minifalda, Quant dijo, no la inventó ninguno, fueron las chicas en la calle.

Estas tendencias de la calle se han visto en revistas como Rags, que se publicaba mensualmente en San Francisco entre junio de 1970 y junio de 1971, y tenía artículos que mostraban, por ejemplo, la moda de las lesbianas. La versión contemporánea sería el blog The Sartorialist (thesartorialist.blogspot.com), que recoge las últimas tendencias del street fashion, y los desafíos espontáneos a la alta costura.

Fue la calle la que inventó la minifalda, una prenda paradójica porque sugiere poder y vulnerabilidad, independencia de los hombres y un deseo por complacerlos, un intento por cubrir y revelar, liberación y explotación. Por eso fue simultáneamente amada y condenada. Señalaba el cambio entre una mujer que pasaba de ser esposa y madre a alguien joven, soltera, orgullosa de su sexualidad y segura de su poder.

Hoy en día la minifalda sólo despierta tanto revuelo en aquellos con altiplanicie mental. Pero precisamente por eso, porque hay quien la condena, todavía es válida como forma de rebelarse. La minifalda en la gata es moda (porque es obvia), la minifalda en la nerda es contracultura (porque fueron las académicas feministas las que se rebelaron contra la falda y decidieron usar pantalón).

Elizabeth Smith Miller, una sufragista estadounidense en 1800, fue la primera mujer en usar pantalón, para disentir del modelo de mujer de la época, envarillada en su corset, sumisa y obediente. Los pantaloons se hicieron populares por otras sufragistas, Amelia Jenks Blommer y Fanny Wright, otra feminista que dirigía el periódico Free Inquirer en 1825. Una de las colaboradoras de esta publicación, Elizabeth Cady Stanton, resumió lo que significaba para las mujeres de la época usar pantalones: la pregunta ya no es ¿cómo te ves, si no, ¿cómo te sientes?. No era sólo un cambio de imagen, era un cambio de perspectiva.

Ser contracultural es cambiar la perspectiva. Por eso, si el feminismo de hoy quiere ser contracultural, tiene que reconquistar la minifalda, como hicieron los gays con el bigote. En los setentas, el bigote fue recogido por los homosexuales como emblema, como parodia. De esta manera, el bigote dejó de estar ligado al concepto de virilidad; cualquiera puede ser viril, basta con pegarse un bigote. Un feminismo contracultural buscaría retar los modelos de mujer impuestos por la sociedad: Ej. Las académicas usan pantalones y pelo corto y nunca tacones y maquillaje. De hecho, esto hacen muchas chicas que trabajan en un campo laboral reconocido como masculino; la academia, la fuerza pública y la política.

Rebelarse contra el status quo implica asumir una posición, una imagen, entonces, una minifalda deja de ser una prenda para convertirse en un símbolo. Le debemos a los sesentas la minifalda, pieza que ha cambiado de bando una y otra vez, y continua teniendo una carga política. Le debemos la contracultura a los sesentas porque en ellos nace la idea de juventud. La juventud necesita unirse para tener una sensación de identidad, y rebelarse contra el establecimiento para definirse. Por eso contracultura y juventud nacen juntos, y persisten en su unión como siameses.

Contracultura y moda están ensartadas en una dialéctica que mueve la historia, las ideas, la economía, y la estética. Se persiguen, como dos serpientes mordiéndose la cola. Lo dice mejor una chica en minifalda: más que oponerse, la moda y la contracultura se complementan como hombre con hombre y también mujer con el hombre del mismo modo, en el sentido contrario…”