Peligroso pop

Publicado el 30 de enero de 2009 en la sección de Opinión de EL ESPECTADOR.

HAY UNA CULTURA POPULAR CAracterística de cada país, los ejemplos sobran, pero también hay una cultura popular común a todas: el pop americano.
Este bilingüismo cultural es una de las razones que explican la hegemonía de los Estados Unidos. La principal exportación de este país no son las manufacturas, los productos farmacéuticos o la tecnología, sino el pop. EE.UU. es una máquina maravillosa de producción de cultura en masa: sincretiza elementos de todas las culturas que han llegado a la tierra de las oportunidades, y produce la versión más amable y homogénea posible, digerible y popular como un burrito de Taco Bell, o como el mismo Obama, que tiene un poquito de todo y es el Mac Combo más vendido.
Es imposible no identificarse con Obama porque condensa en un bonito paquete su historia de superación, sus antepasados blancos, negros, inmigrantes, y encarna esos valores estadounidenses que, a punta de alquilar películas en Blockbuster, hemos asimilado como universales: el optimismo, la esperanza, la fe en el progreso, la informalidad y la convicción profunda en la igualdad humana.
¿Cuál es el lado flaco de este espigado y guapo presidente, deportista y rumbero, exitoso en el trabajo y dedicado a su familia, el partido perfecto, el hombre de mis sueños? Me contesta Semana, que dice que Obama puede ser todo lo trofeo-de-sala que yo quiera, pero igual la tiene negra: “La herencia de Bush y los retos que debe enfrentar sugieren que, salvo que se produzcan auténticos milagros, su luna de miel será corta. (…). Obama será el primer presidente negro, pero eso no le bastará para entrar en la historia. Tendrá que demostrar, en medio de un mar de adversidades, que sus promesas se pueden hacer realidad”.
Estoy de acuerdo. Su encanto no basta para solucionar los problemas del mundo; sin embargo, le basta y le sobra para pasar a la historia. Su despliegue mediático, su discurso no polarizado, y su empaque tan amable hacen del nuevo presidente un personaje pop irresistible. Ese carisma, típico de todos los grandes líderes nos tiene embobados, pero en la época de la explosión mediática es más útil que nunca. No importa en realidad si la logra o no, si es un buen presidente o no, la evidencia pragmática pasará a un segundo plano, porque nadie es objetivo frente al pop.
La cultura pop se ha vuelto parte de nuestra vida diaria, y esta omnipresencia le da un poder político fuertísimo. La voz del pueblo es la voz de Dios. Y la voz del pueblo es nada más y nada menos que el pop. La aceptación universal de Obama es síntoma de un mundo globalizado que cada vez es más homogéneo y que ha asumido los valores americanos, los buenos y los malos: el individualismo desenfrenado, y el consumo masivo. La amabilidad pop de Obama no lo hace menos americano que Bush, pero sí hace que sea difícil no tragar entero su discurso.
La arenga chavista contra “el imperio” es desproporcionada y mamerta, pero nos recuerda que el sueño americano es, efectivamente, el sueño americano, no el sueño venezolano, ni el colombiano, ni el japonés. Ahora, como Chávez no es tan cool como Obama (peor aún, es calentano —para molestia de Cristina de la Torre—) yo descarto su advertencia. De repente me parece que el sueño colombiano es el mismo que nos promete Obama en su discurso. Su imagen como producto de consumo es tan contundente que uno le cree antes de que emita palabra y eso nos hace terriblemente vulnerables.
El poder de Obama no es la presidencia del país más poderoso del mundo; es todo su paquete estético. Lo que puede hacer Obama para salvar el mundo, probablemente es poco, ya muchos han dicho que los problemas son grandes y él es sólo una persona. Pero no. No es sólo una persona. Es también un ícono pop, un producto de consumo, y eso y no su excelencia es lo que lo inscribe en la historia, y la afecta, con el consentimiento, o no, de todos. Sus más fuertes opositores pueden esbozar cualquier argumento racional y la cultura popular lo seguirá mirando como si fuera una Coca-Cola helada en medio del desierto. El fenómeno de Obama no será infalible pero nos muestra el nacimiento de una política-pop (¿una pop-lítica?), en la que la percepción es más importante que la verdad, y eso, eso es un peligro.