Hijo de la aldea: Ciberperiodismo en bata II

El solipsismo intelectual además de peligroso es ingenuo. Es de las peorcitas mañas europeas que se extendieron por el mundo. La idea del yo y su autoría individual es una afrenta la aldea, a la tierra donde dicho yo nació y al bagaje cultural de su familia sea el que sea. El resultado de la globalización es que la academia (y comenzó la europea, con Deleuze) empiece a considerar que el conocimiento se crea a través de multiplicidad de relaciones y no hay una más decisiva que otra, hay miles de puentes, sin jerarquías, que permiten que una idea sea lo que es.
Es cierto que el posmodernismo viene diciéndolo desde los 60 pero todavía estas ideas se rechazan como un montón de babosadas en polisílabos. Esas babosadas, la deconstrucción, la heterogeneidad, el rizoma han hecho un gran aporte a la cultura contemporánea.
El parecido entre los modelos de pensamiento que cobran fuerza en el siglo XIX y la internet es evidente puesto que la internet es el rizoma por excelencia. Tener un blog, de lo que sea, permite que las ideas encuentren un feedback i n m e d i a t o con c u a l q u i e r a, lo que maximiza la variedad de las opiniones y permite que el conocimiento avance por caminos inesperados.
El experto típico del siglo XIX descarta al público no versado como un receptor de sus descubrimientos. Eso, además de snob, es tonto. El experto de expertos descarta a sus demás colegas como público también y empezamos a escalar una pirámide académica de erudición que poco o nada hace para socializar sus avances. El siglo XX fue un periodo de transición porque estos genios tuvieron fueron absorbidos por universidades, gobiernos y empresas y eso los obligó a socializar sus ideas en las academias, que de todas formas estuvieron un buen rato herméticas frente al publicó común hasta llegar al siglo XXI en el que el conocimiento se comparte inmediatamente y con todos gracias a internet.
Intelectuales y científicos, dentro de la concepción moderna caminan solos hacia la especialización como un caballo con parches en los ojos, en una conversación esquizofrénica con ellos mismos que los lleva al delirio arrogante de que todo se lo inventaron ellos solitos. Como si su mente existiera sólo dentro de ella misma, como si la esposa que le cuidó la gripa y le aguantó la chochera no fuera igualmente responsable de sus ideas.
Pensamos que la teoría kantiana se la invento Kant, pero se la inventó Kant más el pueblo de Königsberg, más su sirviente que echó después de muchos años de trabajo porque descubrió que se había hecho un pequeño capital robándole las vueltas. Ah, pero ahí el importante es Kant, ¿no? Pues no, porque si Kant hubiera sido africano otra sería la naturaleza de su crítica, y tal vez no la habría conocido nadie.
Pensar que Kant sólo se debe a sí mismo es a lo que llamo solipsismo intelectual, tendencia contra la cual avanza el siglo XXI y a la cabeza modelos de socialización de información como los blogs, que permiten una creación colectiva del conocimiento, entretejen disciplinas e ideas como una maraña de raíces.
Este texto surgió como respuesta a un comentario a la entrada Ciberperiodismo en bata de este blog. Yo empecé a escribirlo y para hacerlo discutí las ideas con mi amiga Diana Cifuentes a través del chat. Gracias a estas interacciones mi reflexión, nuestra reflexión, ha avanzado 800 palabras. La dinámica de escribir un texto, tener un comentario, y que este comentario genere otro texto que exige encontrar nuevas referencias y el hecho de que usted lector se entere de esto ahora es uno de los vericuetos maravillosos de la información en internet. Esta interacción construye caminos que construyen pensamiento, con una rapidez maravillosa, como lo estamos haciendo usted y yo ahora, en este momento, construyendo un mundo de a poquitos, en equipo como hormigas que cargan hojas.