La felicidad es una pistola caliente


Publicado el 27 de agosto de 2008 en Columnas de Opinión de EL ESPECTADOR

EL GOBIERNO BRASILEÑO ACABA de lanzar una campaña para sacar 300.000 armas de las calles y así bajar la tasa de homicidios.

A cualquiera que entregue su arma a las autoridades se le paga entre 100 y 300 reales y se le promete no ser investigado. Una campaña similar hace cuatro años sacó aproximadamente 500.000 armas de la calle, pero al parecer estas volvieron y se multiplicaron porque Brasil, junto con Venezuela y Colombia, es uno de los países con mayor índice de homicidios con armas de fuego. Lo que prueba que la solución es un pañito de agua tibia.

Sin embargo, el Ministro de Justicia de Brasil, Tarso Genro, espera que con esta medida se promueva en el país lo que él ha llamado una cultura de paz. El problema es que con esta solución se plantea una paz oportunista; esa plata que gasta el gobierno, aún si se hace con las mejores intenciones, es plata invertida en armas. El dinero es estímulo para entregar un objeto, no quita las ganas de matar.

La violencia en Latinoamérica no es tan sencilla como para que acabe si se sacan las armas de las calles o disminuyen los grupos armados en conflicto. Estamos acostumbrados a conseguir lo que queremos a través de la armas, nos funcionó para expulsar a los españoles, para escoger si el gobierno sería centralista o federalista, liberal o conservador, socialista o capitalista. Una pistola en nuestra cultura es un medio para alcanzar algo, un estandarte de poder. Una pistola en la mano se siente bien, nos da seguridad, tranquilidad. Nuestra soberanía nacional, de hecho, se ha ‘recuperado’ a punta de bala.

Aún si se cree que la seguridad democrática ha desplazado la guerra de nuestro territorio, no la ha desplazado de nuestro territorio mental, y basta con leer un periódico para notarlo. Somos un país acostumbrado a pelear, y esa maña no se quita tan fácil, ninguno de los esfuerzos para acabar con el conflicto actual previenen el nacimiento de un nuevo conflicto. Dos puntos de vista opuestos que no están dispuestos a ceder pasan muy fácilmente de la violencia verbal a la performativa. En una cultura de paz no sólo no hay armas en las calles sino que las disputas ideológicas alcanzan a conversar, no se ubican la una frente a la otra como dos televisores prendidos que no se comunican.

La paz no es un problema de posesión de armas sino de actitud, de la actitud frente a las armas mismas, de sentir recelo antes que gusto frente al poder que nos ofrecen. Una verdadera cultura de paz implicaría renunciar a posiciones radicales, implica respeto a la opinión ajena, implica un presidente que en sus ruedas de prensa permita que los periodistas terminen de formular sus preguntas antes de detenerlos bruscamente para contestar. Una verdadera cultura de paz implica que no se inviertan fondos en la compra de armas, así sea para sacarlas de la calle, implica dejar de asociar la felicidad con poder, y poder con una pistola caliente.