Para volar se necesita

En el aeropuerto había un niño jugando con unos patennis, es decir, esos tennis con rueditas incorporadas. Creo que ya estoy muy vieja para tener unos, así que me senté en el bar del segundo piso y pedí una Peroni con limón. Los dosificadores, rojos como pequeñas verguitas, salían de las botellas frente a mi con actitud provocadora. Pensé que sería rico tomarme un whisky, si Andrés estuviera aquí probablemente se serviría uno. Un tipo de unos 50 años se sentó en la silla del al lado y lo pidió. Le hizo un comentario a la señorita sobre la salsa, según él la mejor música del mundo, y le contó que viajaba a Cali. Yo me puse los audífonos y saqué un libro para no antojarme del Sello Rojo que le acababan de servir.
El niño pasó detrás de mí con sus patennis y voló, ante la protesta de su frente que se regó en las escaleras.