Dos

Todo lo que una mujer diga siempre estará, literal y metafóricamente, precedido por sus tetas. Esta afirmación es tan escandalosa como es cierta. Una mujer no es un cerebro solamente, un conjunto de argumentos. Una mujer no puede ser separada de sus tetas. No se puede hablar de una identidad mujer, devenir mujer, sin contraponer esto a una identidad hombre. Siempre que algo se amarra en un concepto o se hace una tipología lo que se termina haciendo es una caricatura, así que irremediablemente lo que voy a decir a continuación no es propiamente cierto, es solamente una perspectiva, una visión de cómo se podrían dar las identidades hombre-mujer.

Una cosa es ser una mujer y otra cosa muy diferente es pensar como una mujer. Es evidente que la semántica de la segunda proviene de la primera, que no se puede desligar el pensamiento femenino del el hecho material de ser una mujer, pero no se puede pensar el pensamiento-mujer como mejor o peor o radicalmente excluyente del pensamiento hombre porque el discurso se vuelve fácilmente machista o feminista. Por eso cuando digo mujer, no me refiero a la vecina, a usted, a su esposa, me refiero a que hombre y mujer se pueden entender como dos modelos de pensamiento que se contraponen y que aunque suelen coincidir con el sexo, no necesariamente.

Para ponerle nombre a la cosa voy a empezar por hablar de mis abuelos, Anselmo y Marta. Marta es la mujer más mujer que conozco y mi abuelo Anselmo el hombre más hombre que conozco. Mis recuerdos de mi abuela están todos asociados a mis sentidos, el taconeo singular de cuando llegaba de la calle y los perros ladraban a saludarla, el perfume demasiado fuerte para mi gusto, el olor a pintalabios rojo, rosado o fucsia. Mi abuela olía un poco a ají de cocina, a tinte de pelo, con sus grandes tetas precediéndola, hizo todo lo que hizo a lo largo de su vida, pero nunca nunca fue alguien separado de sus tetas. Aquí es cuando las feministas saltan porque se proyecta la identidad mujer como identidad objeto pero para mi abuela esto no presenta un problema. Las mujeres son objeto de deseo. Son objetos sexuales. Esa es tanto una tragedia como una victoria privada que tienen sobre los hombres y no hay porque avergonzarse de ello. Las mujeres seducen, encantan, cubren. La seguridad de mi abuela está en el hombre que provee, decide, defiende. La seguridad de mi abuelo está en mi abuela que lo abraza. De estas dos imágenes primarias yo obtengo mis modelos del mundo, como si fueran arquetipos de una mitología y que no se oponen, son complementarios.

El modelo de pensamiento hombre es racional, lineal, exige pruebas, pide resúmenes historias que vayan al grano, puntuales. La mujer parece tener un pensamiento meándrico, que rodea el asunto pero no lo dice, que habla sólo de la contingencia, de la percepción. Como Hansel y Gretel. La solución de Hansel consiste en algo geométrico y lineal, regar mendrugos de piedra o de pan. Solo tiene en cuenta su propio pensamiento, no tiene en cuenta el azahar o la contingencia de los pájaros. No tiene en cuenta lo rico que les debe parecer a ellos el pan. Gretel engaña a la bruja por medio de la percepción. Pasándole huesitos en lugar del brazo de Hansel, y bueno después mata a la bruja despiadadamente echándola al horno (las mujeres son criaturas despiadadas) pero su estrategia de pensamiento tuvo que ver con el engaño. El engaño de los sentidos al que tantos filósofos le temen es, en este modelo mujer, el arma de la que primero se echa mano. De ahí los tacones, el maquillaje, el orgasmo falso, todas esas cosas que las mujeres hacen. Los hombres en cambio recurren a la verdad, a la lógica abstracta. Las mujeres parecen saber que no hay nada menos susceptible de existencia como la verdad, y la posibilidad de que no haya nada cierto no parece asustarlas.

Parece que en su pensamiento se maneja una semiótica surgida de los órganos sexuales. Los hombres levantan la mano como levantan la verga. Rigor, razón, aun en su órgano menos racional hay una cabeza. Lo masculino es todo cabeza. La mujer, en cambio, no tiene nada para levantar, todo lo que levanta es ajeno a ella. La mujer cae, gotea, como el veneno que mata a Julieta o como los polvos mágicos de Campanita que ayudan a volar.

No se trata de que las mujeres dejen de ser objetos. Algunas, que piensan según un modelo masculino, no recurren a su cuerpo Pero las que lo hacen tienen conciencia del poder de la carne, un poder que puede vencerlas o darles una ventaja, según. No se trata de que los hombres dejen de ser sujetos, o dejen de ser racionales. Algunos hombres piensan desde la percepción, los sentidos. Se trata de que estos modelos de pensamiento no sean antagónicos sino complementarios, y de que no sean obligatorios sino optativos. Se trata de que en vez de temer la diferencia, la diferencia se hunda, se cubra, se lubrique, se desprenda, se reorganice, se reúna, renazca como una sola. ¿Una sola? No sé. Habemos algunas precedidas por dos.